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El reconocimiento en prisión

Son los otros los que pueden hacer de un sujeto una persona que se sienta digna y reconocida. En el caso del preso, los roles que se le adscriben llevan consigo una negatividad implícita, y esto condiciona en gran medida su autoestima. “Nótese, a los efectos de todo diálogo sobre derechos humanos de los internados en prisiones, que, en la medida en que hablamos de explicación (“Erklärung”), y no de comprensión (“Verstehung”) estamos en el mundo de la mecánica, no en el de la libertad, es decir, estaríamos fuera del universo de la ética, la responsabilidad, la culpabilidad, la penalización, etc.”[1]. Y no se puede prescindir en las instituciones de esa comprensión, ya que la vida del otro (del preso en este caso) no es explicable, no nace con unos patrones determinados, sino que es comprensible, o al menos hay que intentar hacer comprensibles las cualidades de cada presidiario en concreto, ya que los caminos que le han llevado hasta allí pueden ser múltiples y muy variados, dando lugar a tres colectivos de presos. Por una parte, algunos encarcelamientos, que son los menos, son debidos a ciertas convicciones éticas, políticas o religiosas; éstas convicciones, que se hacen aún más fuertes al ser reprimidas con la prisión, no reflejan el encarcelamiento como un símil a la destrucción del yo, sino todo lo contrario, lo hacen más fuerte, lo reconstruyen. “Nótese que la destrucción del yo, el asalto terrorífico a la mismidad personal que el encarcelamiento supone, puede resistirse heroicamente, cuando quede la solidez intocable (intacta) del yo moral de la persona”. Cabe reflexionar sobre la identidad individual de cada agente que entra en prisión. A algunos, esa identidad se les hace lejana y piensan que la han perdido en base a la ausencia de roles sociológicos que experimentan al entrar en prisión (rol familiar, afectivo, laboral…). Este segundo modelo representaría al sujeto que ha delinquido y, una vez consciente de ello, está arrepentido[2]. Finalmente, y en oposición al primer modelo (los que fortalecen y reconstruyen su yo) se presenta el “delincuente común” (los destruidos antes de entrar en prisión)”[3], el que sufre la destrucción de su yo. “Es por esto que la cárcel sólo destruye a los destruidos, sólo arruina a los arruinados (…) el ojo humano jamás ve fuera lo que antes no tenía dentro”[4]

Todos ellos, se ven obligados a seguir una serie de reglas en vista a sus responsabilidades. Pero, independientemente de esas reglas, ¿puede reconocerse lo que está bien o mal? ¿serían los agentes capaces de discernirlo sin la existencia de responsabilidades escritas? ¿es posible reconocer el bien a partir del mal o el mal a partir del bien? En Philosophie de la volonté II. Finitude et culpabilité, Ricoeur viene a decir que lo original ya existe y el hombre es un ser capaz de desfigurarlo.[5] No obstante, pese a existir ya un original, la percepción de la desfiguración no es en todos la misma. De ahí la importancia de crear actividades conjuntas para los presidiarios con el fin de reforzar las relaciones de respeto entre unos y otros, y convertir la prisión en una suerte de ciudad donde los individuos poseen cada uno una identidad diferente al resto, y una responsabilidad común que une a todos ellos. “El trabajo contribuye a mejorar la autoestima del recluso y su deseo de reinserción a una vida normal, y ayuda al preso a sentirse útil y autoevaluarse como “normal”[6] El trabajo cumple una importante función en las relaciones sociales; se refleja sobre todo en la adquisición de valores, ausente por completo en el proceso penal, cadena en que se pierde toda trascendencia como persona, viéndose encasillada únicamente en la figura de delincuente y generándose poco a poco una desposesión de reconocimiento según va avanzando el proceso. El hecho de desempeñar un rol como es el de miembro de un taller de trabajo, donde hay que respetar unas normas, hace que se desarrollen estos valores en otros ámbitos, contemplando los resultados favorables de tal comportamiento, que suele terminar por convertirse en recíproco; lo cual proporciona el impulso suficiente para continuar con cierta actitud. Lo importante de este tipo de trabajos, cuyo principal fin es la reinserción, es el hecho de la revalorización de uno mismo, de la adquisición de autoestima.

El reconocimiento de la culpa'

El objetivo principal no es siempre reparar, ni culpar, sino hacer a los agentes conscientes de su responsabilidad ante una serie de decisiones y acciones. Para Ricoeur, el yo posee, muchas veces, una incertidumbre en la que no se remarca a sí mismo en lo que quiere. Esta incertidumbre le obliga a situarse en un juicio reflexivo, a una referencia a sí más fundamental que todo juicio, y esto le lleva a cuestiones metafísicas sobre el poder-ser.[7] En derecho penal, la responsabilidad no es otra cosa sino soportar el castigo correspondiente. Hay que respetar una serie de leyes establecidas por el sistema jurídico, pero existen casos (que Ricoeur llama insólitos) en los que el acto se sale de la norma. El sujeto para Ricoeur, en su capacidad de reconocimiento, piensa sus acciones como buenas o malas, en un sentido ético; o como obligatorias o prohibidas, en un sentido moral; y como ser capaz de responder ante sus propias acciones, toma también una perspectiva reflexiva hacia los agentes a los que imputa estas acciones. Del mismo modo, al igual que uno mismo es digno de estima o respeto al declarar como buenas o malas sus acciones, lo mismo ocurre cuando nos referimos a las acciones de los otros, imputando las nociones de “bueno” y “obligatorio” a los propios agentes. Hay que plantearse, por tanto, cómo actuar con respecto a los otros sujetos a través de la reflexión y no sólo en base a la obediencia de las normas. Ya que de este modo las acciones no serían consecuencia de la propia reflexión, es decir, voluntarias, sino impuestas por la ley, que muchas veces es imprecisa, y la ética se hace en estos casos una disciplina imprescindible.


[1] FERNÁNDEZ PÉREZ, Miguel. “El derecho fundamental a la reconstrucción de la persona en las prisiones”. Eguzkilore. nº8. Diciembre 1994, p. 152 [2] “Yo nunca saldré de aquí. Pero creo que todos necesitamos la esperanza para levantarnos de la cama cada mañana. Necesito tener la esperanza de que llegaré a comprender mejor por qué hice algunas de las cosas por las que estoy aquí, y de que puedo mejorar. Necesito la esperanza de que me haré mejor, y este “hacerse mejor” es para mí en lo que consiste el bien”. PHILLIPS, Christopher. Seis preguntas de Sócrates. Un viaje por la filosofía del mundo. Trad. de Victoria E. Gordo del Rey. Madrid. Taurus. 2005. p. 221 [3] FERNÁNDEZ PÉREZ, Miguel. “El derecho fundamental a la reconstrucción de la persona en las prisiones”. Eguzkilore. nº8. Diciembre 1994, p. 154 [4] Op. Cit. p. 154 [5] “C’est à travers le malentendu et le mensonge que la structure originaire de la parole révèle l’identité et l’alterité des consciences” RICOEUR, P. Philosophie de la volonté II. Finitude et culpabilité. París. Aubier. 1988. p. 160

[6] de ALÓS MONER, Ramón; MARTÍN ARTILES, Antonio; MIGUÉLEZ LOBO, Fausto; GIBERT BADIA, Francesc. “¿Sirve el trabajo penitenciario para la reinserción? Un estudio a partir de las opiniones de los presos de las cárceles de Cataluña”. Revista Española de Investigaciones Sociológicas. 127. 2009. p. 19 [7] “C’est principalement à l’occassion de mes raports avec autrui, dans un contexte social, que je forme la conscience d’être l’auteur de mes actions dans le monde et, d’une façon plus générale, l’auteur de mes actes de pensé; quelqu’un pose la question: qui fait cela? Je me lève et je réponds: c’est moi. Réponse: responsabilité. Être responsable, c’est être prêt à répondre à une telle question. Mais je peux aller au devant de la question et reivindiquer cette responsabilité que l’autre pourrait ne pas remarquer ou contester (…) c’est l’autre qui me consacre comme moi.” RICOEUR, P. Philosophie de la volonté. Le volontaire et l’involontaire. Paris. Aubier. 1963