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IntroducciónEditar

Uno de los objetivos de la ciencia es salvar los fenómenos, construir teorías que supongan una descripción correcta de los aspectos observables del mundo. De particular importancia es la capacidad para predecir lo que es observable pero todavía no es observado, ya que una predicción precisa hace factible la aplicación de la ciencia a la tecnología. Lo que resulta más controvertido es si la ciencia debe también aspirar a la verdad sobre aquello que no es observable, sólo por comprender el mundo, incluso sin un propósito práctico. Aquellos que pretenden que la ciencia debería, y que así lo hace, ocuparse de revelar la estructura oculta del mundo son conocidos como realistas. Para éstos, las teorías tratan de describir esa estructura. Por oposición, aquellos que dicen que la labor de la ciencia es sólo salvar los fenómenos observables son conocidos como instrumentalistas, ya que para ellos las teorías no son descripciones del mundo invisible sino instrumentos para las predicciones sobre el mundo observable. La disputa entre realistas e instrumentalistas ha sido un tema constante en la historia de la filosofía de la ciencia. Hay distintos tipos de realismo, está el realismo ontológico, el realismo epistemológico, el realismo teórico, el semántico y el progresivo. El que yo voy a defender a continuación es el realismo semántico, el cual afirma que las teorías científicas son verdaderas o falsas en función de su correspondencia con la realidad. Para defender dicho realismo necesito establecer una teoría de la verdad (como correspondencia).

El artículo girará en torno a un debate entre el realismo semántico y el pragmatismo . A mi juicio es mejor dicho realismo que el pragmatismo dado que este defiende que la prueba de la verdad de una proposición es su utilidad práctica; el propósito del pensamiento es guiar la acción, y el efecto de una idea es más importante que su origen. Se opone a la especulación sobre cuestiones que no tienen una aplicación práctica. Afirma que la verdad está relacionada con el tiempo, lugar y objeto de la investigación y que el valor es inherente tanto por sus medios como por sus fines.

Para desenvolver bien mis argumentos, en un primer lugar comenzaré hablando sobre la noción griega de verdad, donde destacaré la doble noción de verdad tanto en la realidad como en el conocimiento. Luego como he dicho anteriormente, para defender el realismo semántico me centrare en la verdad como adecuación. También haré una exposición sobre la teoría pragmatista de la verdad. Y por último argumentaré mi postura a través del caso histórico del átomo, donde haré un pequeño recorrido histórico y sobre todo a través de él contrapondré los argumentos de un realista con los de un antirrealista.

La noción griega de la verdadEditar

En la historia de la idea de la verdad pueden distinguirse dos grandes corrientes: la que procede de la cultura hebrea y la que procede de la cultura griega . Cada una tiene una concepción distinta de la verdad. Por un lado, en la cultura hebrea la idea de verdad se refiere primordialmente a las personas, al compromiso que se adquiere al realizar una promesa. Verdad es fiabilidad; es la confianza que inspira y que merece el que es fiel, el que cumple o cumplirá su promesa. Dentro de esta concepción tiene sentido la creencia de que Dios es lo único verdadero, y también la conocida afirmación de Cristo en los Evangelios al proclamar “yo soy la verdad” (San Juan 14, 6). Por otro lado, en la cultura griega, y en nuestros usos de la palabra “verdad”, la verdad se refiere originalmente tanto a la realidad como al conocimiento: hablamos de realidad verdadera, así, decimos de una sustancia que es oro verdadero contraponiéndolo a algo dorado que parece oro, pero que no lo es realmente, verdaderamente. Este uso de la noción de verdad comporta que la verdad se opone a las apariencias, y que la verdad se identifica con el ser de las cosas. La verdad se identifica con la realidad misma: el oro verdadero es oro, y no otra cosa que oro. Ese es su ser, esa es su realidad. Hablamos también de conocimiento verdadero cuando capta la verdad de las cosas, cuando no se queda en las apariencias. Así lo entendían originalmente los griegos, y de esta manera hay que entender las siguientes palabras de Aristóteles “falso es decir que lo que no es es, y que lo que es no es; mientras que verdadero es decir que lo que es es, y que lo que no es, no es” (Metafísica IV, 7).

Esta doble aplicación de la noción de verdad (a la realidad y al conocimiento) muestra el carácter bipolar de la verdad: el conocimiento verdadero alcanza la realidad verdadera, y la realidad verdadera se manifiesta en el conocimiento verdadero.

La verdad como adecuaciónEditar

A partir de esta concepción bipolar de la verdad (particularmente, a partir de la definición de Aristóteles), los filósofos medievales propusieron una definición de la verdad como adecuación: la verdad es la adecuación de la cosa y del entendimiento. Los medievales utilizaron esta definición para explicar, no solamente la verdad del conocimiento, sino también la verdad de la realidad, de las cosas. También las cosas son verdaderas por su adecuación o conveniencia con el entendimiento, pero en este caso con el entendimiento divino. Por lo que se refiere a nuestro conocimiento de las cosas, esta teoría tradicional de la adecuación establece que la verdad y la falsedad se dan en el juicio. El juicio es el acto mental por el cual afirmamos o negamos algo, por ejemplo, cuando pensamos que el hielo es agua solidificada (afirmación), o que la tierra no es un cuerpo que permanece inmóvil (negación). Ahora bien, los juicios se expresan en enunciados o proposiciones: el juicio por el cual se afirma que el hielo es agua solidificada se expresa en el enunciado “el hielo es agua solidificada”. Por ello, se puede decir igualmente que la verdad y la falsedad se dan en los enunciados o proposiciones.

He de admitir que esta teoría ha sido objeto de numerosas objeciones. En primer lugar, se ha insistido en la vaguedad de la idea de adecuación o correspondencia (o conformidad, etc.). ¿Qué se quiere decir exactamente cuando se habla de adecuación? ¿Los juicios o enunciaos son imágenes que se parecen a las cosas, a los hechos, como las imágenes que se reflejan en un espejo? ¿Cómo puede establecerse una relación de este tipo entre cosas tan dispares como un juicio o una proposición, y un hecho real? En segundo lugar, se ha señalado que esta teoría da por supuesto que las cosas tiene en sí mismas una realidad (una verdad real), independientemente de nuestro conocimiento: de un lado, estarían los juicios y enunciados acerca de las cosas, y, de otro, las cosas con su propia verdad y realidad. Esto es el conocimiento e la realidad en sí misma, por ejemplo los animales tiene unos sentidos más desarrollados que los nuestros, sabemos que el perro tiene mayor capacidad auditiva que nosotros. Nuestros sentidos nos dificultan el exceso de conocimiento y también la realidad. A partir de este supuesto la teoría establece, de manera ingenua, que esta realidad “exterior” puede ser conocida tal como es en sí misma. Esta manera de interpretar el conocimiento y la realidad, que es propia del sentido común, se denomina realismo ingenuo. Por último, y de acuerdo con lo anterior, esta teoría tradicional de la verdad como adecuación supone (ingenuamente) que s posible relacionar directamente las proposiciones con los hechos; por ejemplo, la proposición “el hielo es agua solidificada” con el hecho correspondiente de que el hielo es agua solidificada. Pero el asunto no es así de simple, ya que los hechos se delimitan y se fijan en proposiciones. Así, el hecho de que el hielo es agua solidificada se delimita y se fija en la proposición que establece que el hielo es agua solidificada. Tenemos así dos proposiciones, que podemos llamar P1 y P2: la proposición, “el hielo es agua solidificada” (P1), y la proposición (P2), que establece el hecho de que el hielo es agua salificada. Y ¿Cómo saber si esta última proposición se adecua o no, a su vez, al hecho que delimita y fija? Para ello, necesitaríamos una tercera proposición (P3) que fijara y delimitara nuevamente el hecho, y así una y otra vez. El problema reside en que no parece que tengamos acceso a los hechos independientemente de los enunciados en que estos se determinan y se fijan. Por eso creo que el realismo ingenuo debe sustituirse por una forma de realismo crítico, un realismo que admita que efectivamente nuestro conocimiento configura de alguna manera los hechos que conocemos.

A pesar de estas dificultades, la teoría de la verdad como adecuación o concordancia resulta difícil de rechazar totalmente. En efecto, ¿Qué otra cosa puede ser la verdad, sino la correspondencia entre nuestros juicios o enunciados y los hechos a los que se refieren? Por otra parte, todas las teorías de la verdad que se han propuesto posteriormente toman la teoría de la correspondencia como punto de referencia, bien porque la aceptan y tratan de mejorarla, bien porque la rechazan y tratan de sustituirla por otra más aceptable. Teorías que consideran la verdad bien como coherencia, o bien la verdad como acuerdo racional, o como la que voy a exponer en a continuación en este artículo que es el que más se opone al realismo semántico, que significa según Diéguez de Lucena, que las teorías científicas son verdaderas o falsas en función de su correspondencia con la realidad.

Teoría pragmatista de la verdadEditar

Se trata de una postura antirrealista que es la teoría pragmatista de la verdad, conocida también como pragmatismo[1]. De un modo general, el pragmatismo rechaza que el conocimiento tenga una función meramente teórica. El conocimiento (las ideas, las teorías) tiene siempre una función práctica. Como consecuencia de ello, los filósofos pragmatistas identifican la verdad con la utilidad en el sentido más amplio de este término; un conocimiento (una idea, una teoría) es verdadero si se aplica satisfactoriamente a la realidad, se nos permite actuar con éxito, y es falso si no es aplicable satisfactoriamente a la realidad, si su aplicación nos conduce al fracaso. Supongamos que alguien se ha perdido en una selva y encuentra casualmente un plano que algún otro ha perdido. Siguiendo el plano, alcanza el poblado al que quería llegar. La verdad del plano consiste en que nos permite recorrer la selva con éxito, sin perdernos. Los enunciados acerca de la realidad, las teorías, las creencias, etc., son como los planos: son verdaderos si nos llevan a un comportamiento eficaz, son falsos si nos llevan a un comportamiento ineficaz, insatisfactorio. En el ámbito de los conocimientos científicos de carácter empírico, la utilidad se manifiesta en el éxito de la experimentación. Peirce entendía por práctica la actividad experimentadora (experimentos) que puede ser repetida por los distintos miembros de la comunidad de científicos. Para el pragmatismo de Richard Rorty, la imagen del conocimiento como captación de la realidad es impotente y genera más problemas de los que resuelve, siendo preciso entender el conocimiento como el conjunto de las acciones que realizan los seres humanos de cara a adquirir hábitos eficaces para hacer frente a la realidad. En este sentido, el realismo es vacío. Ni la realidad afecta a la mente humana, ni es la mente humana la que determina y confecciona la realidad. Se deben abandonar frases tales como “el hombre representa la realidad”.

Realismo versus pragmatismo: caso histórico el átomoEditar

Para entender mejor la contraposición entre un realista y un pragmatista, voy a hacer uso de un ejemplo de historia de la ciencia que es el de los átomos. ¿Existe realmente el átomo? Esta es una pregunta que en torno al siglo XIX se encontraba en todos los debates científicos y filosóficos de la época. Pero ¿realmente cuando se empezó a hablar del átomo en la historia del hombre? Tal vez podamos caer en el error de pensar que el concepto “átomo” apareció por primera vez en el siglo XIX, digo error, porque dicho concepto existe desde la Antigua Greciaque fuepropuesto por los filósofos griegos Demócrito, Leucipoy Epicuro, sin embargo, no se generó el concepto por medio de la experimentación sino como una necesidad filosófica que explicara la realidad, ya que, como proponían estos pensadores, la materia no podía dividirse indefinidamente, por lo que debía existir una unidad o bloque indivisible e indestructible que al combinarse de diferentes formas creara todos los cuerpos macroscópicos que nos rodean. Pero desde ahí hasta el siglo XIX, se consideraba al átomo como un concepto que describía la realidad, cuya existencia quedaba por demostrar. Pero el afán de los científicos de querer demostrar su existencia, de querer demostrar que no era solo un concepto científico, sino que el átomo existía realmente generó a finales del siglo XVIII principios del XIX, un gran debate en torno al realismo sobre la supuesta existencia del átomo. La necesidad de los científicos de no dejar estancado al átomo como un mero concepto, como una mera hipótesis científica, llevó durante todo el siglo XIX a un gran progreso científico que terminó demostrado la realidad física del átomo.


Demócrito, fue el primero que habló del átomo, según él todas las cosas están compuestas de partículas diminutas, indivisibles e indestructibles a las que llamó átomo, indivisible. El siguiente avance importante no se dio hasta el año 1773 el químico francés Antoine-Laurent de Lavoisier postuló su enunciado: "La materia no se crea ni se destruye, simplemente se transforma”.


Pero fue el modelo de Dalton el más significativo de la historia del átomo puesto que su descubrimiento más importante es la Ley de Dalton de las presiones parciales; según la cual, la presión ejercida por una mezcla de gases es igual a la suma de las presiones de cada gas por separado, (cada uno de ellos ocupando el mismo volumen que la mezcla). Estos estudios de las propiedades físicas del aire atmosférico y otros gases le llevaron a la conclusión de que la materia está formada por átomos de diferentes masas que se combinan para formar compuestos, teoría atómica de la materia. Esta hipótesis se basa en los siguientes postulados:

  • “La materia está formada por partículas muy pequeñas llamadas átomos, que son indivisibles y no se pueden destruir.
  • Los átomos de un mismo elemento son iguales entre sí, tienen su propio peso y cualidades propias. Los átomos de los diferentes elementos tienen pesos diferentes.
  • Los átomos permanecen sin división, aún cuando se combinen en las reacciones químicas.
  • Los átomos, al combinarse para formar compuestos guardan relaciones simples.
  • Los átomos de elementos diferentes se pueden combinar en proporciones distintas y formar más de un compuesto.
  • Los compuestos químicos se forman al unirse átomos de dos o más elementos distintos.”[1]

Dalton dio a conocer por primera vez su teoría atómica en 1803, habían pasado más de dos mil años desde que Demócrito nombrara el átomo. También dio las masas atómicas de varios elementos ya conocidos en relación con la masa del hidrógeno. Sin embargo desapareció ante el modelo de Thomson ya que no explica los rayos catódicos, la radioactividad ni la presencia de los electrones (e-) o protones (p+). A medida que los científicos fueron conociendo la estructura del átomo a través de experimentos, modificaron su modelo atómico para ajustarse a los datos experimentales. El físico británico Joseph John Thomson[2] observó que los átomos contienen cargas negativas y positivas, mientras que su compatriota Ernest Rutherford[3] descubrió que la carga positiva del átomo está concentrada en un núcleo. El físico danés Niels Bohr[4] propuso la hipótesis de que los electrones sólo describen órbitas en torno al núcleo a determinadas distancias, y su colega austriaco Erwin Schrödinger descubrió que, de hecho, los electrones de un átomo se comportan más como ondas que como partículas.

Respecto a esto de manera general, un pragmatista diría que el antirrepresentacionalismo es la postura según la cual decir que nuestro conocimiento es verdadero porque se corresponde con la realidad que ha captado es como no decir nada. Al igual que un dedo es útil y la utilidad no se explica por lo que represente dicho dedo, el término “átomo” es útil en física y no hay que explicar su utilidad apelando a que dicho término representa la realidad o sea efecto de un conocimiento de la realidad tal como es en sí misma. Nuestros conocimientos, según el pragmatista son verdaderos o falsos, pero no porque representen bien o mal la realidad. Sencillamente, la misión de nuestros conocimientos no es representar, sino adaptarnos. No se trata de representaciones, sino de adaptaciones y hábitos, usos del lenguaje con los que interactuamos con el entorno. Carecemos de pruebas independientes de nuestras teorías para discriminar si dichas teorías constituyen una verdadera representación o conocimiento de la realidad. Para tal visión, denominada holismo, todas las pruebas son internas a nuestras propias teorías. De tal manera un pragmatista afirmaría que decir “usamos el término átomo porque existen los átomos realmente” es lo mismo que decir “el opio hace dormir por su fuerza dormitiva”, una vaciedad. Sólo si fuésemos un dios que se elevara por encima de todos los humanos y de sus teorías, podríamos compararlas a todas entre sí y con la realidad, o sea, contrastar la realidad con lo que se conoce de la realidad. Creer que nosotros podemos hacerlos es un intento inútil por saltar fuera de la mente. No debemos pretender contrastar nuestros conocimientos con la realidad externa, sino con los conocimientos alternativos propuestos. No debemos preocuparnos cómo la realidad torna verdadera un conocimiento o práctica, sino sólo por cómo elegir entre dos hipótesis. Se trataría de sustituir la pregunta por la objetividad de un valor por la pregunta sobre si deseamos mantenerlo. Esto implica que hay una realidad independiente de nuestras mentes pero que nosotros no podemos conocer, esta afirmación seria un poco floja porque no niega el realismo, aunque no sea un realismo de teorías, es un realismo de entidades.

Pero al fin y al cabo, estas argumentaciones pierden peso ante la postura realista, puesto que en la teoría pragmática no hay una definición de verdad, la utilidad entendida en el sentido más riguroso en el que la entendía Peirce, como éxito en su aplicación experimental se considera un criterio, una señal de su verdad. En definitiva, la teoría pragmatista ofrece, no una definición de verdad, sino algunos criterios adicionales de verdad. Cuando se trata del conocimiento de la realidad, la conformidad con la experiencia constituye el criterio último de verdad al cual tenemos que atenernos. La conexión con la experiencia puede ser directa o indirecta. Es directa cuando se trata de enunciados elementales que se refieren inmediatamente a lo dado en la experiencia, y es indirecta en el caso de enunciados más teóricos y más alejados de la experiencia inmediata – como ocurre con los átomos, en este caso, su conexión con la experiencia se realiza mediante otros enunciados más próximos a ella. Puede tratarse, en fin, de la experiencia controlada científicamente (experimentos). O bien, de la experiencia en sus variadas formas. Pero en cualquier caso, como bien sostiene Russell en su obra El conocimiento humano, según la conformidad de nuestros conocimientos con la experiencia constituye el criterio último al que se puede apelar en relación con la verdad de nuestros conocimientos y de nuestras teorías acerca de la realidad.

La demostración de la existencia del átomo, no supuso solamente un gran progreso en la ciencia, sino también en la filosofía de la ciencia, puesto que con ello quedaron zanjados los debates entre aquellos que desenvolvían un continuo enfrentamiento entre teorías realistas y teorías antirrealistas respecto a si el átomo era simplemente una entidad teórica o existía realmente. Personalmente, me considero realista, tras observar ejemplos históricos como el de los átomos, me doy cuenta de que lo que sostienen los diferentes tipos de realismo que podemos distinguir, según Diéguez Lucena, esto es, que las entidades teóricas refieren (Realismo ontológico), que las teorías científicas nos proporcionan un conocimiento adecuado, aunque perfectible de la realidad tal como ésta es con independencia de nuestros procesos cognoscitivos (realismo epistemológico), que las teorías científicas son verdadera o falsas en función de su correspondencia con la realidad (realismo semántico)… queda demostrado de tal manera que no deja cabida a la duda, cuando los científicos tras largos experimentos y largos avances, consiguen demostrar la existencia real de esas entidades.

ConclusiónEditar

En conclusión, he de decir que el criterio que me permite defender el realismo, es la idea de que el mundo externo existe y lo podemos conocer. Hemos visto a lo largo de la historia como nuestras teorías deben explicar y predecir los fenómenos. Pero, al mismo tiempo, hay teorías que no sólo explicar lo que hay, sino que anticipan la existencia de fenómenos nuevos y completamente desconocidos. La potencia de una teoría será tanto mayor cuanto más sorprendentes, novedosos o inesperados sean los efectos previstos por la teoría. El caso límite de lo que decimos seria aquel en que la teoría predijera no sólo la existencia de nuevos fenómenos no observados o bien nuevas relaciones entre fenómenos en principio inconexos sino la existencia de nuevos objetos físicos completamente desconocidos hasta la fecha. Hay algunos ejemplos de esto que digo. El que citamos en primer lugar, es el descubrimiento de los átomos, otro sería el de Neptuno, otro más sorprendente aún, es la existencia de los agujeros negros.

Así, puedo dar una respuesta al escéptico que consideraba que todas las teorías son igualmente malas porque todas ellas puedan ser refutadas; y al relativista que consideraba que todas las teorías son igualmente buenas dado que ninguna puede ser completamente desacreditada. Ambos tienen razón si lo que señalan es que nuestro conocimiento es falible, que está siempre sometido a error. Pero ¿hasta qué punto no es el realismo la única posición que puede tomarse en serio la cuestión de la provisionalidad de nuestro conocimiento? Nuestro conocimiento es provisional porque aspiramos a la única noción de verdad que tiene sentido, la noción absoluta de verdad, por lejos que estemos de alcanzarla. El hecho de que cambiemos unas teorías por otras no es simplemente el resultado de transformaciones en los valores en la cosmovisión de la época. Por el contrario, el mundo, a veces, nos señala que no vamos por buen camino y ello sólo es posible si existe un mundo, un objeto, que interfiere, determina y modula la construcción de la teoría con que tratamos de aprehenderlo.









[1] Agustench, M., Del castillo, V., Del barrio, J. I., Romo, N.: Física y química, Proyecto ecosfera, pág. 176. [2]Tras el descubrimiento del electrón en 1897por Joseph John Thomson, se determinó que la materia se componía de dos partes, una negativa y una positiva. La parte negativa estaba constituida por electrones, los cuales se encontraban según este modelo inmersos en una masa de carga positiva a manera de pasas en un pastel (de la analogía del inglés plum-pudding model). Para explicar la formación de iones, positivos y negativos, y la presencia de los electrones dentro de la estructura atómica, Thomson ideó un átomo parecido a un pastel de frutas. Una nube positiva que contenía las pequeñas partículas negativas (los electrones) suspendidos en ella. El número de cargas negativas era el adecuado para neutralizar la carga positiva. En el caso de que el átomo perdiera un electrón, la estructura quedaría positiva; y si ganaba, la carga final sería negativa. De esta forma, explicaba la formación de iones; pero dejó sin explicación la existencia de las otras radiaciones. [3] Rutherford dedujo que la masa del átomo está concentrada en su núcleo. También postuló que los electrones, de los que ya se sabía que formaban parte del átomo, se movían en órbitas alrededor del núcleo. El núcleo tiene una carga eléctrica positiva; los electrones tienen carga negativa. La suma de las cargas de los electrones es igual en magnitud a la carga del núcleo, por lo que el estado eléctrico normal del átomo es neutro. [4] Bohr supuso que los electrones están dispuestos en capas definidas, o niveles cuánticos, a una distancia considerable del núcleo. La disposición de los electrones se denomina configuración electrónica. El número de electrones es igual al número atómico del átomo: el hidrógeno tiene un único electrón orbital, el helio dos y el uranio 92. Las capas electrónicas se superponen de forma regular hasta un máximo de siete, y cada una de ellas puede albergar un determinado número de electrones. La primera capa está completa cuando contiene dos electrones, en la segunda caben un máximo de ocho, y las capas sucesivas pueden contener cantidades cada vez mayores. Ningún átomo existente en la naturaleza tiene la séptima capa llena. Los “últimos” electrones, los más externos o los últimos en añadirse a la estructura atómica, determinan el comportamiento químico del átomo.



[1] Este pragmatismo denominado también pragmatismo americano, es una corriente filosófica que, con distintos matices, fue desarrollada por los filósofos americanos Charles Sanders Peirce (1839-1944), John Dewey (1859-1952) y William James (1842- 1910). Actualmente es defendida por el filósofo, también norteamericano, Richard Rorty.