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Además de sus innovaciones técnicas y originalidad, 2001:Una Odisea en el Espacio fue la confirmación, después de la estelar María de “Metrópolis” (1927 Fritz Lang), de una de las temáticas más fructiferas del cine como es la no siempre amistosa relación entre el hombre y la máquina. Basándose en las ideas de autores visionarios de ciencia ficción como Philip K. Dick, Lovecraft o Asimov, es constante la idea del ser humano soñando con imbuir a las máquinas de una conciencia racional similar a la suya, quizás con la (¿osada?) intención de suplir a Dios en la faceta creadora, superar su intrínseco miedo a la muerte (inmortalidad artificial), o sumirse en la complaciencia del mínimo esfuerzo rodeándose de herramientas humanizadas que faciliten (hasta límites absurdos) el dia a dia de su finitud, sin las trabas éticas que conlleva tratar con máquinas.



Sin embargo la idea de dotar a las máquinas de una conciencia racional conlleva el temor a que su poseedor haga uso de ella ajeno a sus parámetros prefabricados, pues el hombre teme al hombre y la inventiva, el ingenio y la conciencia como ser vivo del ser humano es su principal arma para una supervivencia que, de trasladarse a un ente artificial, puede precipitar su libre albedrío, como bien se ha reflejado en la gran pantalla a lo largo de las décadas.



El juego de la creación tuvo en “Blade Runner” (Ridley Scott 1982) un excelente ejemplo. Basado en la novela de Philip K. Dick “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, se narra la historia de cómo los juguetes del hombre, en este caso replicantes creados para una vida servil, destaparon su humanidad ante el temor a una muerte anticipada en su código genético. Se rebelaron contra su rol predestinado y lucharon por prolongar su existencia mediante métodos afines al patrón humano que los dio forma, con sueños y miedos tan humanos que a lo largo de todo el film se plantean dudas acerca de la naturaleza replicante no solo de estas víctimas de la megalomanía humana sino de aquellos que tomamos desde un principio como seres humanos íntegros.



En “I.A” (Steven Spielberg 2001), basada en el relato de ciencia ficción “Los superjuguetes duran todo el verano” de Brian Aldiss, nos trasladan a un futuro con problemas de superpoblación donde la máquina es capaz de sustituir a la propia progenie humana de manera tan eficaz que la compañía de estos seres fabricados por encargo es capaz de suturar las heridas de la soledad o la pérdida de los seres queridos de carne y hueso, frágiles y vulnerables. Como si de electrodomésticos se tratara, los robots se integran en la sociedad como meros productos al servicio del hombre, deshechados al finalizar su ciclo útil. La avanzada Inteligencia Artificial que rige las conductas de estos individuos de fábrica causará, como es lógico, conflictos en los nexos familiares cuando su “electrodoméstico afectivo” de última generación comience a experimentar celos, alegría, soledad y toda la empatía emulada que causará, en consecuencia, un rechazo por parte del hombre temeroso del grado de “realidad” inducida en esta herramientas de apariencia humana y la búsqueda del robot hacia una respuesta vital que de sentido a su existencia, temática similar a la de “El hombre bicentenario”, basada en un relato de Asimov de 1975.




Centrándonos en el celuloide, las relaciones entre hombre y máquina siempre han desarrollado el papel de superioridad del uno con respecto al otro, si bien no siempre el homo sapiens ha salido ganando. En “Yo Robot” (Alex Proyas 2004), cuento inspirado en las Series sobre Robots de Asimov, se presenta a un androide doméstico fabricado en serie por una compañía cuyo ordenador central instala secretamente en los androides un chip capaz de desbodecer las leyes básicas de la robótica, entre las cuales se incluye no amenazar de forma alguna al ser humano y protegerlo de todo peligro. Como es obvio, la computadora decide que la mejor manera de detener la autodestrucción del hombre es someterlo a su control mediante estos robots rebeldes, pero en este caso los protagonistas humanos salvan la situación a tiempo. Menos halagüeño se plantea el futuro en la saga “Terminator” iniciada por James Cameron en 1984 y basado en varios relatos e ideas de Harlan Ellison . En dichas cintas, la humanidad ha sucumbido ante las máquinas al cederles el control de las armas nucleares mundiales, y éstas, como marcan las pautas de la evolución, ven al ser humano como una raza inferior y prescindible destinada a la extinción. Sin embargo el hombre, con menos recursos pero mayor determinación, gana progresivamente la batalla, lo que obliga a las máquinas a enviar a través del tiempo a un asesino cibernético que acabe con la madre del que será líder de la resistencia una vez crezca.



Uno de los últimos capitulos de esta coexistencia entre humanos y máquinas la vimos en “Matrix” (Hnos. Wachowsky 1999), donde los roles de “creador” y “herramienta” se tornan y vemos a entes cibernéticos cultivando y aprovechándose de la energía de fetos humanos. En esta ocasión, nosotros somos meras “pilas” de las que la máquina se alimenta y para que rindamos plenamente ingenian un mundo virtual basado en el que teníamos antes de que los superordenadores lo pusieran patas arriba.



Otros desencuentros famosos son los vistos en “La rebelión de las máquinas” (Stephen King 1986), donde la estela de un asteroide permite a los aparatos electrónicos (cajeros, camiones, máquinas de refrescos, etc.) descargar su mala leche sobre la humanidad, al igual que los temáticos androides de “Almas de Metal” (Michael Crichton 1973) o Ash, el androide científico de “Alien, el octavo pasajero” (Ridley Scott 1979), valedor de los intereses corporativos para desgracia de la tripulación de la Nostromo.



También hay películas donde la hibridación entre lo orgánico y lo tecnológico da lugar a conflictos. En “Robocop” Paul Verhoeven 1987, los restos de un agente tiroteado son implantados en una armadura biónica. Sin embargo, lo que a priori era un exitoso prototipo de soldado de élite, eficiente y sumiso a las directrices, comenzará a trastocarse cuando la conciencia y la personalidad del hombre que fue se sobreponga a su parte mecanizada.



Otras aberraciones biotecnológicas copan las estanterías de la Serie B mientras que algunos de los más populares personajes del celuloide tienen origen tecnológico, como C3P0 o R2D2 de la saga “Star Wars” (George Lucas 1979), Robby de “Planeta Prohibido” (Fred Wilcox 1956) o a nivel de series de animación, el ácido Bender de “Futurama”. Esta diferenciación entre robots “buenos” (favorables a la humanidad) o “malos” (contrarios a ésta) la apreciamos con ejemplos como la fastuosa “Transformers” (Michael Bay 2007), basada en una popular serie de animación de 1984.



Sin embargo no todas las películas protagonizadas por robots nos muestran el lado oscuro de esta interacción con el hombre. Filmes como “Cortocircuito” (1986) de John Bahdman nos muestran a un simpático droide dotado de conciencia por culpa de un rayo, el título de animación y su ejemplar relación de amistad entre un niño y un robot en “El gigante de Hierro” (1999) o la reciente “Wall-E” de Pixar (2008), un ecológico tirón de orejas en toda regla.



La fantasía tecnológica también ha inspirado todo un universo futurista de manos de los autores japoneses, enamorados de esta simbiosis entre hombre y máquina plasmada en el manga, tipologia de comic que llegó con fuerza a Europa en la década de los ochenta y sirvió de base para piezas de animación como “Mazinger Z”, “Robo Boy” o las más modernas (y complejas) “Ghost in the Shell” o “Apleeseed” de Masamune Shirow entre otros, amen de incontables videojuegos.