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EL CONCEPTO DE EROS EN MARCUSE

1-INTRODUCCIÓN

Herbert Marcuse fue un filósofo alemán del siglo XX, miembro de la Escuela de Frankfurt desde 1933. Su labor intelectual se desarrolla dentro de lo que se ha venido llamando teoría crítica de la sociedad y su pensamiento presenta cierta continuidad con la denominada filosofía de la sospecha.

Eros es el concepto que aquí se va a tratar, considerándose esta noción como una de las bases fundamentales que sustenta a su obra Eros y civilización. Es indudable la influencia que el psicoanálisis de Freud tuvo para la exposición de este término, así como la perspectiva dionisiaca defendida por Nietzsche y la visión marxista de una sociedad posibilitadora de la realización del hombre.


2-EROS Y TÁNATOS

El concepto de Eros se entiende siempre en relación (en relación de oposición) con Tánatos, constituyendo ambos, según la interpretación psicoanalítica, los dos instintos fundamentales del ser humano. El primero es una especie de impulso creador, un instinto de vida (tal como el propio Freud lo denomina), un esfuerzo por “formar con la sustancia viva unidades cada vez más amplias, conservar así la perduración de la vida y llevarla a evoluciones superiores.”[1] El segundo, por su parte, se presenta como antítesis de éste, es el instinto de muerte, relacionado con la agresividad y la destrucción, pues dada la existencia del primero: “debía existir otro, antagónico de aquel, que tendiese a disolver estas unidades y a retornarlas a un estado primitivo, inorgánico (…) una parte de este instinto se oriente contra el mundo exterior, manifestándose entonces como impulso de agresión y destrucción.”[2] Ambas nociones se presentan como fuerzas o tendencias, cada una de las cuales aspiran a fines y producen efectos que son opuestos entre sí. Sin embargo, su oposición puede resultar a veces lo contrario de lo que era inicialmente. Es así que, una liberación completa de Eros podría suponer precisamente la aniquilación absoluta del hombre, precisamente por la contraposición existente entre instintos y realidad.

Y es que, la satisfacción absoluta de Eros y Tánatos es incompatible con la vida fáctica del hombre y, sobre todo, con la realidad social. Por eso, para poder vivir en comunidad, se requiere la inhibición sobre la vida instintiva del sujeto, una represión que el propio psiquiatra coloca como origen de la civilización. Marcuse va asumir esta dialéctica que le servirá tanto para criticar a la sociedad industrial capitalista como para buscar una posible vía de escape: En cuanto que impulso erótico, Eros representa esa salida al exterior destinada a la creación, a la producción, él es la causa de la civilización construida a base de su propia represión. En ese sentido, el instinto de vida constituye la tendencia progresiva del ser humano, podríamos decir, el impulso a la expansión, al desarrollo, a la gratificación integral del placer. Por el contrario, Tánatos es la regresión, la negación de la vida y la necesidad de destrucción para volver a un estadio pre-social, pre-humano, que anule el sufrimiento que el nacimiento lleva consigo. (Marcuse está aceptando aquí la idea freudiana del “trauma del nacimiento”[3]). Cada una de estas fuerzas en conflicto marca los límites de su opuesta de modo que el cumplimiento de la satisfacción final de cada una de ellas, se ve frenada por la tendencia de la contraria.

El problema que percibe el frankfurtiano al analizar la era del capitalismo avanzado y tecnocrático es la ascendencia de Tánatos sobre Eros, mostrándose un desbordamiento de destructividad que se dirige hacia los demás y sobre todo hacia uno mismo. En realidad, la historia muestra la prevalencia de un aparato coaccionador que, a base de reprimir lo erótico, termina por hacer de la enajenación una forma de vida que obstaculiza la tendencia propiamente activa del hombre. Por eso, su defensa se dirige al triunfo del instinto de vida sobre el de muerte, a una ascendencia, a una liberación de Eros que posibilite, finalmente, un desarrollo pleno de cada uno, que permita integrar todas las dimensiones constituyentes del hombre, sin mutilaciones


3-EL INSTINTO DE VIDA Y SU RELACIÓN CON EL ARTE Y EL MITO

Eros no sólo es representación de la líbido sexual, más allá de eso simboliza la acción creativa del hombre, una especie de hacer “poético” sí se quiere por cuanto se dirige a la transformación de la realidad en una ordenación más bella, más placentera y ajena al esfuerzo y la miseria ocasionados por la escasez e indigencia radicales del ser humano. En ese sentido, el impulso erótico se relaciona con el arte y la cultura en dos sentidos: uno, porque éstos tienen una función originariamente revolucionaria, su significado radicaba en suscitar otras formas de vida posibles contrarias a la organización existente, es decir, despertaba una conciencia crítica del presente que pudiese impulsar a nuevas construcciones. Y segundo, porque Eros es impulso hacia una hacer nuevo que, igual que el artista, se sirve de la imaginación, del sentimiento y también de lo agradable y dionisiaco, esto es, lo opuesto a las normas tradicionales, para encaminarse a una forma de vida que, como mencionábamos, consiga eliminar las escisiones y reduccionismos a los que el sujeto se ha visto sometido.

El mito también cumple su papel en la consolidación de Eros, más que el mito, ciertos personajes que contiene y, en este caso, las imágenes de Orfeo y Narciso. Prometeo, al igual que Odiseo, son los héroes culturales de occidente que simbolizaban el trabajo, el esfuerzo físico y el reino de la necesidad[4]. Frente a ellos, propone los dos símbolos mencionados, antítesis de los anteriores, como los representantes de un nuevo mundo que ha superado la necesidad, la escasez y la lucha por la subsistencia. Estas son las imágenes de la liberación, de la construcción de una civilización no represiva que opera al margen de racionalidades absolutistas, de una forma de vida que se ha liberado de los intereses opresores que impiden la felicidad. Su actividad es juego, su palabra, canto, y la vivencia que promueven se resuelve en “el ser experimentado como gratificación, que une al hombre y la naturaleza de tal modo que la realización del hombre es al mismo tiempo la realización, sin violencia, de la naturaleza.”[5]No obstante, se sabe cuán lejos estamos de esto e incluso si puede ser posible lograrlo.

4-CONCLUSIONES

Con los nuevos “héroes”, Marcuse quiere apuntar a un principio de realidad cualitativamente distinto fundamentado en una actitud erótica diferente definida por su liberación. Orfeo y Narciso son precisamente los exponentes de esa nueva concepción del instinto creador porque; al convertir las actividades forzadas en acciones gratificantes, al sustituir la obligación y la seriedad de la civilización por el juego, la música y la risa logran su desarrollo óptimo, la emancipación de los mecanismos de control. Hay que decir que Narciso no es el amor egoísta que tradicionalmente se le ha atribuido, pues en realidad, no sabía que aquel rostro reflejado era el suyo. Lo que él encierra realmente es otra dimensión caracterizada por la oposición a lo dado, rechaza un Eros por otro, “vive para un Eros propio, y no sólo se ama a sí mismo”[6]. En realidad, la recuperación de los símbolos órfico-narcisistas aspiran a la reconciliación entre Eros y Tánatos: el primero asciende gracias a una organización que elimina la represión excedente y facilita la actividad libre de necesidad y sufrimiento.


No estamos hablando, por otro lado, de una gratificación absoluta del instinto de vida que, como ya dijera Freud, es incompatible con la realidad. Por el contrario, se propone una liberación autosublimada que suprime esa represión sobreimpuesta y controladora de la vida instintiva del hombre. Es la apuesta por ese “Eros propio” capaz de actualizar las potencialidades humanas, (una posibilidad más real que nunca gracias a la técnica), de que sea el hombre quien dirija su vida instintiva hacia el triunfo de éste y hacia la siguiente consecución de la felicidad. Y es que una liberación tal significa la conversión en placentero de lo que antes era fatigoso, la realización de impulsos antes reprimidos, en definitiva, hacer de la vida un juego en el que el ser humano se constituye a sí mismo como ser emancipado de la servidumbre al entorno que le rodea.


BIBLIOGRAFÍA


- Marcuse, Herbert: Cultura y sociedad, Sur, Buenos aires, 1969.

- Marcuse, Herbert -El hombre unidimensional, Ariel, Barcelona, 2009.

- Marcuse, Herbert Ensayos sobre política y cultura, Ariel, Barcelona, 1972.

- Marcuse, Herbert Eros y civilización, Sarpe, Madrid, 1983

- Adorno W, Theodor y Horkheimer, Max: Dialéctica de la Ilustración, Akal, Madrid, 2007.

- Freud Sigmund: Esquema del psicoanálisis en Obras completas. Vol. III., Biblioteca Nueva, Madrid, 1968.

- Freud Sigmund: El malestar de la cultura en Obras completas. Vol. III., Biblioteca Nueva, Madrid 1968





[1] Freud, Sigmund: Esquema del psicoanálisis, Biblioteca Nueva, Madrid, 1968. Pág. 123

[2] Freud, Sigmund: El malestar de la cultura, Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, Pág. 43

[3] A partir del momento en que el hombre sustituye el principio de placer por el de realidad “el ser humano que no era en su origen más que un conjunto de instintos de carácter destructivo, se convierte en un yo organizado. La sustitución del principio de placer por el principio de realidad es el gran acontecimiento traumatizante que marca el desarrollo del individuo”. Palmeier, J.M: En torno a Marcuse, Págs. 151-152.

[4] “…el héroe cultural predominante es el embaucador y (sufriente) (…) que crea la cultura al precio del dolor perpetuo. (….) Si Prometeo es el héroe cultural del esfuerzo y la fatiga, la productividad y el progreso a través de la represión, los símbolos de otro principio de realidad deben ser buscados en el polo opuesto.” Marcuse, Herbert: Eros y civilización, Pág. 153

[5] Ibid. Pág. 156 [6] Ibid., 157